Maternidad

Mater del latín madre, también deriva de materia.

La madre tierra, la madre naturaleza, la gestación.

La semilla, la cosecha, dar a luz.

El cuidado, el amor altruista y desinteresado, el instinto maternal.

La Diosa madre, Tauret, Rhea, Venus, Shakti.

Umai, Annan, Nerthus, Coatlicue, Pachamama.

La madre compasiva, la pureza, el sufrimiento, la Virgen María.

Con sus diferentes representaciones, la maternidad, ese milagro de dar a luz, engloba la continuidad y transformación de la humanidad a través de la cultura, tradiciones heredadas de generación en generación, los valores y paradigmas aprendidos, las rutinas que forman parte de lo cotidiano, el mundo conocido, el confort y los rituales que se conservan en el tiempo.

De igual forma que lo cotidiano es parte importante de la maternidad, también tienen relevancia los rituales ancestrales, tales como: las celebraciones sobre la maternidad, la adoración a las diferentes deidades femeninas que representan, entre otras, a la madre en las diferentes religiones y creencias espirituales a través del tiempo. Este tipo de espacios, permitía, a través de la fe, la reunión de madres fuera de sus tareas hogareñas, para conformar esa red de apoyo y  sentirse sostenidas mutuamente en su vida diaria. 

Oxitocina, alquimia transformadora.

“La maternidad es un todo en el que se intercala no sólo lo biológico con lo social, sino también con lo personal, lo jurídico, lo cultural, lo sentimental y lo simbólico. Maternidad es tanto el hecho de la procreación como el embarazo, el parto, la lactancia, el cuidado, la educación y los sentimientos hacia sus hijos. Maternidad es también su historia, su vida y su recuerdo. Maternidad es su presente, su futuro y hasta su pasado en la mención de sus madres o en sus propios recuerdos de hijas”1.

La madre nutre, es fuente de amor, de leche, de calor, de cuidado. La oxitocina, la química, la energía vital, el bienestar integral.  La oxitocina, del griego oxys (rápido) y tokos (nacimiento) es una hormona, también conocida como hormona del amor. La madre produce oxitocina en el parto y a través de la lactancia materna. Es una hormona indispensable para que, a pesar del cansancio y de los abrumadores miedos, sea capaz de sobrellevar ese abismo de emociones y sensaciones, para dar lo que ese ser indefenso necesita tras el parto. 

Este estallido químico resalta la máxima expresión de amor, esa mirada enamorada de la madre a su criatura recién nacida, la belleza de ver al hijo y saber que no hay nada más sagrado, más importante y más precioso que esa nueva vida.

Defendemos ferozmente a nuestro bebé de cualquier cosa por pequeña que sea o insignificante que parezca ante los ojos de otros, porque no queremos que nada altere la tranquilidad, el balance de un ser que apenas está adaptándose a este nuevo mundo, con un sistema de defensas aún débil.

Dar a luz, luz que deja al descubierto nuestras sombras.

Así como se da a luz, es precisamente esa luz que permite ver las propias sombras. Con todos los cambios, la mujer, al convertirse en madre, sangra, no solo físicamente, sino también a través de sus heridas no sanadas, sus miedos codificados en su ADN desde generaciones pasadas y a través de sus propias experiencias. Heridas que surgen y resurgen a través de la luz. Por eso la importancia que tiene desde tiempos ancestrales, los vínculos tribales que sostienen y acompañan a la madre gestando y dando a luz, mientras ella, a su vez, sostiene esa nueva vida. 

Esas sombras pueden llegar a convertirse en depresión postparto, una pequeña ventana al abismo infinito de los miedos más profundos, a no creerse capaz, al parto traumático, a la falta de una comunidad que ayude, asista y enseñe mientras se va despertando ese sexto sentido, a que la oxitocina se deje de producir en las cantidades necesarias, y así la niña interior que sangra con sus propias heridas no encuentre cobijo, no se sienta lo suficientemente sostenida. Entonces puede que la madre experimente temporalmente un rechazo por su hijo. Temas tabúes, que generan vergüenza y hasta culpas, que evitan que la maternidad se desenvuelva en un ambiente sanamente natural, que permita el bienestar de la madre y el hijo, a pesar de lo duro que puede llegar a ser el proceso en la adaptación al cambio. 

Un sacrificio consciente es sinónimo de una crianza consciente.

A medida que el pequeño va creciendo, vamos aprendiendo a la vez que vamos enseñando y adaptándonos a nuevas etapas con diferentes desafíos. Además, la maternidad se debe acoplar a otros roles que existían antes en la mujer: esposa, hermana, hija, trabajadora, amiga. El tiempo disponible disminuye,  pero sin embargo, aumentan los espacios que hay que atender. 

Y, ¿qué pasa cuando se agota la paciencia, cuando llegamos a nuestro límite de cansancio? Es cuando más fácilmente salimos de nuestro eje, por eso la maternidad saca a la luz esas heridas viejas no trabajadas. Y así se evidencian patrones que están bordados en nuestro subconsciente, que tenemos almacenados en la memoria de nuestra primera infancia. Esos momentos en que sin querer nos gritaron, nos pegaron, nos ignoraron, o nos dijeron algo terrible sin siquiera pensar que nos quedaría grabado en la profundidad de nuestro ser. El inicio de los complejos que generan inseguridades, autoestima baja, heridas de abandono, sobreprotección. Esos que se reflejan en nuestras relaciones cotidianas. Y que, si no trabajamos conscientemente en ellos, repetimos en nuestros hijos, y así sucesivamente. De esto va la crianza consciente. 

Autoconocimiento, saber dónde están nuestros límites. 

Saber parar antes de llegar a agotar la paciencia, saber pausar antes de tocar nuestro límite. Conocernos y trabajar en nosotras mismas, saber hasta dónde podemos llegar y si llegamos, tener herramientas y ayuda disponibles para evitar cometer esos mismos errores, o al menos, minimizarlos, porqué jamás debemos exigirnos de más, ni tampoco pretender la perfección, que de hecho es parte de nuestras sombras. Tengamos siempre muy presente que somos humanos, que no somos perfectas y que, aún conscientemente, nos estaremos equivocando una y otra vez. 

Sin embargo, la gran diferencia radica en que nuestras equivocaciones serán luz a nuestras sombras, un trabajo continuo de autoconocimiento, de saber ver y diferenciar nuestro ego para poder ser capaces de materializar la esencia de nuestra alma, de romper o cambiar nuestros patrones aprendidos, de ser una mejor versión de nosotras mismas, de dar el mejor ejemplo a nuestros hijos en el aquí y en el ahora.  De evitar tocar fondo, a través del bienestar propio, a través de darnos tiempo y espacio para sentir, entender y sanar. 

    CÍRCULO DE MATERNIDAD

Rutina y Ritual abre este espacio tan importante y libre de tabúes para todas las madres de hoy en día, porque todas pasamos por procesos diferentes y cada niño es único, sin embargo, es un camino que no tenemos porqué cruzar solas: estamos juntas en ello, como comunidad consciente. 

A través del espacio en nuestras prácticas de movimiento y respiración, crearemos rutinas que nos permitan conectar con nuestro interior, con nuestra esencia nuevamente, en pro de nuestro bienestar. A través de la relajación, nos damos el tiempo para integrar nuestras emociones y experiencias, así como soltar nuestras culpas y nuestras vergüenzas desde la compasión. 

En nuestras charlas hablaremos sobre la importancia de reconocernos en la maternidad sin disolvernos en ella: balancear nuestros diferentes roles. La integración de la maternidad en nuestra vida que, si bien cambia, no lo hace así nuestra esencia. Seguiremos siendo quienes siempre hemos sido, sólo que desde otra perspectiva. Escucharemos las experiencias y emociones, además de todo lo que quiera compartir cada una en nuestro círculo íntimo.

Uno de los principales temas sobre crianza consciente en nuestros encuentros será la alimentación. Es la madre quien nutre, así como la madre tierra nos provee. Es la madre (y también el padre), quien alimenta no sólo a través de la comida, sino también desde sus palabras, desde sus gestos, con todas las formas en las que se comunica con sus hijos. Los niños son esponjas que lo absorben todo, estamos moldeando la conexión neurológica, la programación de su forma de pensar y gestionar emociones, tal como modelamos el barro con nuestras manos antes de su transformación en cerámica. Estamos escribiendo con tinta en esa tabula rasa que defendía Aristóteles,  creando una parte importante de su consciencia y también del profundo océano de su subconsciente.  

Por todo ello, contribuiremos a la creación de  talleres especiales con la participación de profesionales especialistas de diversos ámbitos sobre la crianza materna: nutrición, rutinas diarias, estímulos de desarrollo, juegos, etc., siempre adaptándonos a la edad de los niños. 

Porque tener un hijo es un trabajo interno y a la vez externo, cuidarlo y educarlo. Es una misión de vida en la que damos, a través del sacrificio consciente, todo lo que podemos dar, con la esperanza de que nuestro hijo sea fiel a su esencia y pueda estar en armonía con la vida que se va desplegando a medida que sus alas se van abriendo, que pueda creer y crear un mundo en el que se refleje su alma, así como vamos creando el nuestro.

Con todo mi amor a mi madre y a todas las madres en el mundo, 

Romi

Aquí, un vídeo explicativo sobre nuestros talleres Círculo de Maternidad en nuestro canal de YouTube.

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1 AIBR. Revista de Antropología Iberoamericana. http://www.aibr.org Volumen 4, Número 3. Septiembre-Diciembre 2009. Pp. 357-384 Madrid: Antropólogos Iberoamericanos en Red. ISSN: 1695-9752

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